El 21 de abril de 2026, el Elíseo fue escenario de un encuentro que, a primera vista, parecía una reafirmación de lazos inquebrantables: el presidente Emmanuel Macron recibía al primer ministro libanés, Nawaf Salam. Sin embargo, tras la pompa diplomática, se esconde una realidad más compleja y dolorosa para París. Las relaciones entre Francia y Líbano, forjadas a lo largo de los siglos XIX y XX con profundas raíces culturales, religiosas y políticas, han sido tradicionalmente un pilar de la diplomacia francesa en Oriente Medio. Pero la narrativa de un protector y mediador central se desvanece, como bien analizó Salah Hijazi, subdirector de Política en L’Orient-Le Jour, en una entrevista clave para France 24 el mismo día del encuentro.
La Sombra Larga del Mandato
Durante décadas, la sombra de Francia se proyectó con autoridad sobre Líbano. Desde el Mandato post-Primera Guerra Mundial hasta la consolidación de una red de influencia cultural y educativa, París se erigió como el interlocutor privilegiado, el garante tácito de una estabilidad siempre precaria. Su capacidad mediadora no era retórica; se materializó en momentos críticos, como su papel central en la negociación de acuerdos durante la Guerra del Líbano de 2006, un testimonio de su compromiso y su posición innegable en el tablero regional.
El Eco de un Protector Desvanecido
Pero el Levante es un mar de arenas movedizas, y la marea ha cambiado. La voz de Salah Hijazi, desde las páginas de L’Orient-Le Jour, resuena con una verdad incómoda: la posición tradicional de Francia como mediador se ha visto "cada vez más marginada". No es un declive repentino, sino el resultado de un lento pero inexorable realineamiento regional, donde la complejidad de la política de Oriente Medio y, crucialmente, las tensas relaciones de París con Israel, han reconfigurado el ajedrez diplomático, relegando a Francia a un segundo plano donde antes era el actor principal.
El Crepúsculo del Mediador
La visita de Nawaf Salam a París, aunque un eco de una amistad histórica, se produce en un Líbano sumido en una crisis económica y política sin precedentes, agravada por la inestabilidad regional. La capacidad de Francia para incidir en la resolución de estos desafíos, para actuar como el faro que fue, parece hoy drásticamente limitada. La diplomacia francesa en Líbano se enfrenta a un nuevo paradigma, donde los lazos históricos, por profundos que sean, ya no garantizan el poder de mediación que una vez definió su rol en esta encrucijada del mundo.