La historia económica del Medio Oriente ha sido, desde la Segunda Guerra Mundial, una crónica de conflictos y sus reverberaciones en los mercados globales. Hoy, la guerra en Irán, intensificada tras un ataque israelí a sus instalaciones nucleares, no es una excepción; es, de hecho, un catalizador de una de las mayores disrupciones energéticas que el planeta haya conocido. En este escenario de incertidumbre y escalada, la economista Mariana Mazzucato ha ofrecido una perspectiva incisiva sobre quiénes son los verdaderos beneficiarios y las víctimas de esta nueva era de inestabilidad. Según reveló en una entrevista para UpFront de Al Jazeera, mientras millones de hogares se enfrentan a facturas de combustible y energía disparadas, las principales compañías de petróleo y gas están amasando ganancias de aproximadamente 30 millones de dólares por hora desde el inicio del conflicto, una cifra que desnuda la cruda realidad de la economía de guerra.
Esta interrupción sin precedentes en el suministro de petróleo no solo ha disparado los precios, sino que ha expuesto la fragilidad inherente de las economías globales que aún dependen de los combustibles fósiles. Mazzucato, una voz prominente en la economía del bien común, subraya que la situación actual es un recordatorio brutal de la urgencia de una transformación energética. Su crítica se extiende a instituciones como el Banco Mundial, cuya respuesta ante estos desafíos económicos contemporáneos ha sido, a su juicio, insuficiente y desalineada con las necesidades de una era de crisis. La inacción o la lentitud en la adopción de estrategias industriales verdes genuinas perpetúa un sistema donde la vulnerabilidad es la norma para la mayoría, mientras que la bonanza es para unos pocos.
Frente a este panorama desolador, Mazzucato no solo diagnostica el problema, sino que propone un camino a seguir. Su concepto de la “economía del bien común” emerge como un marco vital para que los gobiernos puedan navegar estos tiempos turbulentos. Este enfoque prioriza el bienestar social y ambiental por encima de la maximización de las ganancias corporativas, abogando por una reconfiguración radical de las políticas económicas. La economista insiste en que una transición hacia una economía más sostenible y equitativa no es meramente una opción deseable, sino una necesidad imperativa para mitigar el impacto de futuras crisis y asegurar que la carga no recaiga desproporcionadamente sobre los más vulnerables.
En definitiva, la guerra en Irán trasciende las fronteras militares para convertirse en un potente catalizador de cambios económicos a escala global. La conversación con Mazzucato no solo ilumina la urgencia de repensar nuestras estrategias económicas, sino que también nos interpela sobre la necesidad de adoptar un enfoque más justo y sostenible en la gestión de recursos y la formulación de políticas públicas. Es un llamado a la acción para que los gobiernos asuman su rol de arquitectos de un futuro donde la prosperidad no se construya sobre la precariedad de la mayoría, sino sobre los cimientos de un bien común compartido.