En 2015, cuando el renombrado fotoperiodista Christopher Anderson recibió el encargo de la revista New York para retratar a Jeffrey Epstein, el mundo aún no había desentrañado por completo la magnitud de la depravación del financiero. Condenado en 2008 por solicitar prostitución a una menor, Epstein ya era una figura sombría, pero su red de influencia y sus métodos intimidatorios permanecían en las penumbras. Hoy, con la publicación de los archivos del Departamento de Justicia de EE. UU. y el nuevo libro de Anderson, 'Index', la historia de aquel encuentro cobra una relevancia escalofriante, revelando no solo la naturaleza coactiva del magnate, sino también una sorprendente conexión con la realeza británica que sacude los cimientos de la alta sociedad.
El Teatro de la Intimidación
Anderson, un profesional que a menudo se sumerge en sus asignaciones sin una investigación exhaustiva previa, se encontró frente a un hombre que, aunque desconocido en detalle, emanaba un poder innegable. Epstein exigió una reunión preliminar, un claro intento de “evaluarlo”, y ofreció 20.000 dólares por los derechos de las imágenes, una suma que Anderson rechazó. El fotógrafo lo recuerda como una persona “bastante inquietante”, que “jugaba con la teatralidad de la intimidación”, buscando dejar clara su posición dominante. Era un preludio a la oscuridad que se cernía sobre el personaje, un hombre “rico y poderoso, conectado con hombres ricos y poderosos”, como Anderson bien percibió.
Ecos Siniestros en la Mansión
La sesión fotográfica tuvo lugar en la opulenta residencia de Epstein en Nueva York, un espacio que Anderson describió con un “gusto en la decoración del hogar particular, a lo Donald Trump”, incluyendo un tigre disecado que adornaba una de las habitaciones. Pero fueron otros detalles, inicialmente percibidos como meras excentricidades, los que con el tiempo adquirieron un significado más siniestro. La presencia de “una joven con acento de Europa del Este que abrió la puerta” y que, en un momento dado, “estaba desmontando una mesa de masajes”, se alinea ahora de forma escalofriante con las acusaciones de tráfico sexual de menores que persiguieron a Epstein durante décadas, transformando lo anecdótico en una pieza más del macabro rompecabezas.
La Sombra del Príncipe y el Disco Duro
El artículo de la revista nunca vio la luz, pero la obsesión de Epstein por controlar su imagen no cesó. El financiero comenzó a exigir las fotografías, desencadenando un intercambio de correos electrónicos entre Anderson y Lesley Groff, la secretaria personal de Epstein, que ahora forman parte de los 3,5 millones de páginas de archivos liberados. La situación escaló a niveles propios de una novela negra cuando Epstein envió a un hombre llamado Merwin –“muy grande, con manos muy grandes y enguantadas de cuero negro”– al estudio de Anderson. Un incidente “muy al estilo de la mafia”, cuyo objetivo era “intimidarme y asegurarse de que obtuviera el disco duro”. Más recientemente, Anderson redescubrió copias de las imágenes en otro disco duro. Una de ellas, capturada dentro de la mansión, muestra un correo electrónico impreso sobre un escritorio que detalla una reclamación de 60.000 dólares en salarios impagos del personal, relacionados con Andrew Mountbatten-Windsor y Sarah Ferguson, sugiriendo que el ex príncipe y su entonces esposa habrían buscado la asistencia financiera de Epstein.
La Verdad a Través del Lente
La carrera de Christopher Anderson, galardonada con la prestigiosa Robert Capa Gold Medal por su trabajo con refugiados haitianos y marcada por su compromiso con la verdad en zonas de conflicto, se define por su búsqueda de lo esencial. A pesar de la perturbadora naturaleza de su encuentro con Epstein, Anderson mantiene su filosofía inquebrantable: “Soy fotógrafo. Quiero fotografiar las cosas más convincentes en mi momento en este planeta”. Incluso conociendo hoy la magnitud de la depravación de Epstein, Anderson afirma que aceptaría la asignación de nuevo, porque su responsabilidad es “hacer una fotografía que revele algo sobre esa persona”. Su lente, una vez más, se convierte en un testigo incómodo, desvelando las capas de poder, intimidación y complicidad que rodearon a uno de los depredadores más infames de nuestro tiempo.