Berlín, 9 de abril de 2026. Un precario alto el fuego de dos semanas en la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha desatado un torbellino de análisis y preocupación. La pregunta que resuena en los pasillos del poder y en las redacciones globales es si este conflicto, a pesar de las declaraciones de victoria del presidente Trump, marca un verdadero “momento Suez” para la credibilidad y el poder global de Washington. La analogía histórica, cargada de simbolismo, sugiere un posible punto de inflexión en la influencia estadounidense, un eco de un pasado que vio a una superpotencia ceder su cetro.
La Crisis de Suez de octubre de 1956 no fue un mero incidente diplomático; fue un hito geopolítico que redefinió el orden mundial. Gran Bretaña, Francia e Israel atacaron a Egipto para asegurar el control del Canal de Suez, solo para ser frenados por la contundente intervención del presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower. Aquel episodio forzó la dimisión del primer ministro británico Anthony Eden y catapultó a Gamal Abdel Nasser como héroe anticolonial, simbolizando el momento en que Gran Bretaña, exhausta tras la Segunda Guerra Mundial, cedió su posición como potencia global a Estados Unidos. Sesenta años después, la sombra de Suez se proyecta sobre el Golfo Pérsico, invitando a una inquietante comparación.
Si bien las analogías históricas nunca son exactas, las similitudes en la erosión de la credibilidad son palpables. A diferencia del Canal de Suez, el Estrecho de Ormuz es una vía fluvial internacional, y no existe hoy otra potencia global capaz de reemplazar a Estados Unidos o de dictar órdenes al presidente Trump. Sin embargo, el alto el fuego deja a la República Islámica de Irán intacta y, crucialmente, aún al mando del futuro del Estrecho de Ormuz. Más allá de la retórica, el programa nuclear y de misiles balísticos de Irán permanece sin resolver, subrayando la naturaleza incompleta y precaria de este cese de hostilidades.
La declaración de victoria del presidente Trump, calificada de “vacía” por numerosos analistas, choca frontalmente con la cruda realidad sobre el terreno. Bruno Maçães, exsecretario de Estado para Asuntos Europeos de Portugal, ha sido tajante: para el resto del mundo, la guerra “está empezando a parecer una derrota militar, más grave que Irak o Afganistán”. Esta percepción se agrava con informes paralelos de ataques israelíes contra el Líbano, que sugieren una escalada regional persistente a pesar del alto el fuego en Irán. La incapacidad de Washington para lograr una resolución definitiva y la persistencia de las amenazas regionales plantean serias dudas sobre la eficacia de su política exterior y su capacidad para proyectar poder de manera decisiva, marcando quizás el inicio de un nuevo capítulo en la historia de la hegemonía global.