Fundada el 24 de octubre de 1945 sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas nació con la promesa solemne de ser el baluarte de la paz y la seguridad mundial. Setenta y nueve años después, ese ideal se desvanece en un estado de profunda crisis, descrito por expertos como un 'coma'. La invasión rusa de Ucrania y la devastadora guerra en Gaza no son solo conflictos regionales; son el espejo implacable que refleja la parálisis y disfuncionalidad de su órgano más poderoso, el Consejo de Seguridad, relegando a la Asamblea General a un papel meramente simbólico y cuestionando la propia relevancia del organismo en el siglo XXI.
El eco de una Guerra Fría recargada
La inacción del Consejo de Seguridad no es un accidente, sino la consecuencia directa del resurgimiento de las rivalidades entre las grandes potencias. Fawaz Gerges, profesor de Relaciones Internacionales de la London School of Economics, lo sentencia sin ambages: el enfrentamiento entre China y Rusia, por un lado, y Estados Unidos y Europa, por el otro, ha neutralizado la capacidad de acción del Consejo, impidiendo la adopción de resoluciones significativas. Gerges va más allá, afirmando que la situación actual es incluso “peor que la Guerra Fría”, dada la incapacidad sistémica para abordar conflictos que tienen un impacto humanitario devastador y una resonancia global ineludible.
Gaza: La herida abierta de la impotencia
La guerra en Gaza es el ejemplo más crudo de esta ineficacia. Desde el inicio de la ofensiva israelí tras el ataque del 7 de octubre, que ha provocado la muerte de al menos 25.000 personas según el Ministerio de Salud dirigido por Hamás, el Consejo de Seguridad ha sido incapaz de acordar una resolución de alto al fuego. Israel ha rechazado consistentemente los llamados a un cese de hostilidades, y el primer ministro Benjamín Netanyahu ha descartado la creación de un Estado palestino. En este tablero, Estados Unidos, firme aliado de Israel, ha vetado dos resoluciones previas que pedían un alto al fuego, y la única resolución adoptada en diciembre se limitó a instar a más ayuda humanitaria, sin exigir un cese de las hostilidades. Una situación que alimenta la crítica de “doble rasero”, extensible a Rusia, que aboga por la protección de civiles en Gaza mientras comete atrocidades en Ucrania.
Anacronismo estructural: Un Consejo de otra era
La raíz de esta parálisis no es solo política, sino también estructural. Sinan Ulgen, miembro del centro de estudios Carnegie Europe, subraya que la configuración del Consejo de Seguridad de la ONU “refleja una era pasada”. Los cinco miembros permanentes —Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China—, con su poder de veto, representan a las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que concluyó hace casi 80 años. Esta estructura, diseñada en un contexto geopolítico radicalmente diferente, no se adapta a las complejidades y equilibrios de poder del siglo XXI, donde nuevas potencias y desafíos globales demandan una gobernanza más equitativa y efectiva.
En definitiva, la ONU, con sus 193 Estados miembros, enfrenta un momento crítico. La incapacidad de sus órganos clave para actuar de manera decisiva ante las mayores crisis humanitarias y de seguridad del mundo, debido a las divisiones entre sus miembros más poderosos y a una estructura anacrónica, pone en tela de juicio su relevancia y capacidad para cumplir con su mandato fundacional. La metáfora del “coma” resuena con la urgencia de una reforma profunda que permita al organismo recuperar su vitalidad y su papel como garante de la paz y la seguridad internacional, antes de que el silencio de su inacción se vuelva ensordecedor.