Barcelona se prepara para un reencuentro histórico con la danza de la mano de John Neumeier, el último titán de una generación que redefinió el ballet europeo. Del 12 al 15 de abril de 2026, el Gran Teatre del Liceu acogerá 'Nijinsky', una obra cumbre que trasciende la mera biografía para sumergirse en la psique de uno de los bailarines más enigmáticos del siglo XX. Tras su memorable 'Muerte en Venecia' en 2008, Neumeier, a sus 87 años y con una trayectoria que incluye 51 años al frente del prestigioso Ballet de Hamburgo, reafirma su estatura como figura capital, un artífice de la renovación dancística post-Mayo del 68 que sigue, incansable, explorando las profundidades del espíritu humano a través del movimiento.
El Espejo Quebrado del Genio
'Nijinsky' no es una simple cronología, sino un viaje introspectivo que arranca en el crepúsculo de la cordura del bailarín, en su última actuación pública en Saint Moritz en 1919, antes de que la esquizofrenia lo apartara definitivamente de los escenarios. Neumeier, cuya fascinación por Nijinsky se remonta a la infancia, recrea con maestría los años dorados junto a los Ballets Russos de Diaghilev, evocando la magia de 'Le Carnaval' o 'Le Spectre de la Rose', y la complejidad de su relación con Romola. La segunda parte de la obra se adentra en la oscuridad de su mente, sus visiones infantiles y el impacto de la Gran Guerra, que el coreógrafo interpreta como el catalizador de su enfermedad mental, ofreciendo una perspectiva conmovedora y profundamente humana sobre el genio y su fragilidad.
Ecos de una Danza Perdida en el Liceu
La producción en el Liceu promete ser un acontecimiento de resonancia internacional y local. Bajo la batuta de Jonathan Nott, quien debuta en el foso barcelonés, el elenco estará liderado por el ucraniano Alexandr Trusch y el barcelonés Aleix Martínez, añadiendo un matiz de conexión con la ciudad. Un detalle histórico, desconocido incluso para el propio Neumeier, añade una capa de misticismo a este homenaje: Vaslav Nijinsky pisó ya las tablas del Liceu en 1917. Este hecho fortuito subraya la profunda conexión que la danza, a través de sus grandes figuras, establece entre épocas y geografías, haciendo de esta representación un eco del pasado y una afirmación del presente.
La Danza como Puente en Tiempos de Fractura
La filosofía artística de Neumeier se manifiesta en una visión orgánica de la danza, donde el vocabulario neoclásico y contemporáneo se entrelazan sin fisuras, siempre anclado en la convicción de que el ballet clásico es la base para la expresión más rica. Defensor de las zapatillas de punta y de la diversidad de estilos, Neumeier, citando a Martha Graham, sostiene que “no hay estilos buenos o malos; se trata de la calidad e idoneidad con que se utilizan”. Más allá de la técnica, Neumeier es un firme creyente en el poder del arte como puente cultural, una convicción que reafirma el papel unificador de la cultura en tiempos de división.